Y bien, ¿qué ocurre.? Medea inquirió mientras removía pausadamente el café con leche. No entendí lo del otro día. ¿Y Carlos, qué pasa con él?. Vaya, quería que me explicaras eso. Si tienes quebraderos de cabeza, no podrás concentrarte. Son de corazón. Con más motivo entonces, Cristina. Ya...¿Qué ocurre?. Creo que se está viendo con otra. ¿En qué te basas?. No sé, Me, está distante, alelado y, por las tardes, a menudo, no me llama, se olvida. El olvido es un mal compañero de taberna. Por eso, Me, por eso...¿y sabes lo peor?. No, dime. Que me da igual.
Cristina dilapidó la mirada en el horizonte de papel y una nube pesarosa empezó a llover sobre su cabello, empapándolo desde la raíz y bajando por el cuello para terminar muriendo como charco en sendos omoplatos. Cris, son muchos años y eres joven. Lo sé, supongo que por eso me da igual. Habla con él. Pero, ¿cómo?. Fríamente, di lo que te parece que sucede y pregúntale los motivos. ¿Y si no hay motivos?. Si no hay motivos tampoco hay amor.
La noche se habíua formado sobre el cemento urbano y suspiraba volutas de humo, sin intención alguna, humedecía los tobillos de los viandantes; de los transeúntes apátridas a caballo entre la modernidad y el silencio. Silencio que se hizo - como una casualidad causal - en el local sin nombre en donde Cristina, aterrida, se enfrentaba a su nueva vida, a todos los proyectos que siempre quedaron pendientes. Cris. Dime. ¿Estás mejor?. Sí, creo que sí. ¿Sabes qué?. No. Hoy me he topado con un chico algo peculiar. ¿Otra vez, Me?. Sí, es inevitable. ¿Está bueno?. Nada mal: alto, tez aceituna, ojos de césped recién amanecido y moreno azabache. Medea, ¿cómo se llama?. Alejandro. Ya decía yo, sé quién es, tiene un polvo. Eres asquerosa. Lo sé, pero mira, me veo soltera. Tiene algo ese chico. Algo peculiar has dicho antes. Sí. ¿Te hace tilín?. Medea no contestó, sino que dejó la cucharilla en el platito y sorbió un trago de café. Puede que tenga algo peculiar. Pensó de repente su cerebro. No sé qué es o qué no es, únicamente sé que a su lado puedo ser yo misma, ese ser caóticamente equilibrado. ¿Dices que no te gusta?. No te he contestado. Sonrió y su rostro se iluminó de arcoiris salvajes surcando como australianos, surfeándole los poros y cada recoveco alegre, vital. Oye, Me, ¿qué sabes de Marina?. Nada, que está en Londres. Qué suerte la suya. Pues sí, pero mira, la suerte de la fea, la guapa la desea. Eres una cínica. Sí, lo soy, fíjate, parece que haya fábricas en el suelo. La calle humeaba. Nos estaremos evaporando. Contestó Cristina. Será eso.
Tantas aseveraciones y tantos secretos a media voz avivaron los nervios de las mujeres que se irguieron de golpe. Invito yo esta vez. Con una condición. ¿Cuál?. Que vayamos a tomarnos algo. De acuerdo, ¿no tienes planes mañana?. Por la mañana no. Vamos a enloquecer, que somos demasiado recatados. Ser, soy, somos... te propongo salir para dejar de ser una noche, ¿hace?. Hace, aunque voy algo desaliñada. No temas, llevo cuatro cositas de maquillaje por ahí. Me, me apetece ligar. ¿Y que le den morcilla a Carlos?. Exacto. Liguemos pues.
Durante toda la charla habían pagado, calado los abrigos y, por supuesto, encendido cada una un cigarrillo. La noche, que tan larga podría haber sido, se auspiciaba corta como un relámpago.
Cristina dilapidó la mirada en el horizonte de papel y una nube pesarosa empezó a llover sobre su cabello, empapándolo desde la raíz y bajando por el cuello para terminar muriendo como charco en sendos omoplatos. Cris, son muchos años y eres joven. Lo sé, supongo que por eso me da igual. Habla con él. Pero, ¿cómo?. Fríamente, di lo que te parece que sucede y pregúntale los motivos. ¿Y si no hay motivos?. Si no hay motivos tampoco hay amor.
La noche se habíua formado sobre el cemento urbano y suspiraba volutas de humo, sin intención alguna, humedecía los tobillos de los viandantes; de los transeúntes apátridas a caballo entre la modernidad y el silencio. Silencio que se hizo - como una casualidad causal - en el local sin nombre en donde Cristina, aterrida, se enfrentaba a su nueva vida, a todos los proyectos que siempre quedaron pendientes. Cris. Dime. ¿Estás mejor?. Sí, creo que sí. ¿Sabes qué?. No. Hoy me he topado con un chico algo peculiar. ¿Otra vez, Me?. Sí, es inevitable. ¿Está bueno?. Nada mal: alto, tez aceituna, ojos de césped recién amanecido y moreno azabache. Medea, ¿cómo se llama?. Alejandro. Ya decía yo, sé quién es, tiene un polvo. Eres asquerosa. Lo sé, pero mira, me veo soltera. Tiene algo ese chico. Algo peculiar has dicho antes. Sí. ¿Te hace tilín?. Medea no contestó, sino que dejó la cucharilla en el platito y sorbió un trago de café. Puede que tenga algo peculiar. Pensó de repente su cerebro. No sé qué es o qué no es, únicamente sé que a su lado puedo ser yo misma, ese ser caóticamente equilibrado. ¿Dices que no te gusta?. No te he contestado. Sonrió y su rostro se iluminó de arcoiris salvajes surcando como australianos, surfeándole los poros y cada recoveco alegre, vital. Oye, Me, ¿qué sabes de Marina?. Nada, que está en Londres. Qué suerte la suya. Pues sí, pero mira, la suerte de la fea, la guapa la desea. Eres una cínica. Sí, lo soy, fíjate, parece que haya fábricas en el suelo. La calle humeaba. Nos estaremos evaporando. Contestó Cristina. Será eso.
Tantas aseveraciones y tantos secretos a media voz avivaron los nervios de las mujeres que se irguieron de golpe. Invito yo esta vez. Con una condición. ¿Cuál?. Que vayamos a tomarnos algo. De acuerdo, ¿no tienes planes mañana?. Por la mañana no. Vamos a enloquecer, que somos demasiado recatados. Ser, soy, somos... te propongo salir para dejar de ser una noche, ¿hace?. Hace, aunque voy algo desaliñada. No temas, llevo cuatro cositas de maquillaje por ahí. Me, me apetece ligar. ¿Y que le den morcilla a Carlos?. Exacto. Liguemos pues.
Durante toda la charla habían pagado, calado los abrigos y, por supuesto, encendido cada una un cigarrillo. La noche, que tan larga podría haber sido, se auspiciaba corta como un relámpago.

