lunes 6 de octubre de 2008

III

Y bien, ¿qué ocurre.? Medea inquirió mientras removía pausadamente el café con leche. No entendí lo del otro día. ¿Y Carlos, qué pasa con él?. Vaya, quería que me explicaras eso. Si tienes quebraderos de cabeza, no podrás concentrarte. Son de corazón. Con más motivo entonces, Cristina. Ya...¿Qué ocurre?. Creo que se está viendo con otra. ¿En qué te basas?. No sé, Me, está distante, alelado y, por las tardes, a menudo, no me llama, se olvida. El olvido es un mal compañero de taberna. Por eso, Me, por eso...¿y sabes lo peor?. No, dime. Que me da igual.
Cristina dilapidó la mirada en el horizonte de papel y una nube pesarosa empezó a llover sobre su cabello, empapándolo desde la raíz y bajando por el cuello para terminar muriendo como charco en sendos omoplatos. Cris, son muchos años y eres joven. Lo sé, supongo que por eso me da igual. Habla con él. Pero, ¿cómo?. Fríamente, di lo que te parece que sucede y pregúntale los motivos. ¿Y si no hay motivos?. Si no hay motivos tampoco hay amor.
La noche se habíua formado sobre el cemento urbano y suspiraba volutas de humo, sin intención alguna, humedecía los tobillos de los viandantes; de los transeúntes apátridas a caballo entre la modernidad y el silencio. Silencio que se hizo - como una casualidad causal - en el local sin nombre en donde Cristina, aterrida, se enfrentaba a su nueva vida, a todos los proyectos que siempre quedaron pendientes. Cris. Dime. ¿Estás mejor?. Sí, creo que sí. ¿Sabes qué?. No. Hoy me he topado con un chico algo peculiar. ¿Otra vez, Me?. Sí, es inevitable. ¿Está bueno?. Nada mal: alto, tez aceituna, ojos de césped recién amanecido y moreno azabache. Medea, ¿cómo se llama?. Alejandro. Ya decía yo, sé quién es, tiene un polvo. Eres asquerosa. Lo sé, pero mira, me veo soltera. Tiene algo ese chico. Algo peculiar has dicho antes. Sí. ¿Te hace tilín?. Medea no contestó, sino que dejó la cucharilla en el platito y sorbió un trago de café. Puede que tenga algo peculiar. Pensó de repente su cerebro. No sé qué es o qué no es, únicamente sé que a su lado puedo ser yo misma, ese ser caóticamente equilibrado. ¿Dices que no te gusta?. No te he contestado. Sonrió y su rostro se iluminó de arcoiris salvajes surcando como australianos, surfeándole los poros y cada recoveco alegre, vital. Oye, Me, ¿qué sabes de Marina?. Nada, que está en Londres. Qué suerte la suya. Pues sí, pero mira, la suerte de la fea, la guapa la desea. Eres una cínica. Sí, lo soy, fíjate, parece que haya fábricas en el suelo. La calle humeaba. Nos estaremos evaporando. Contestó Cristina. Será eso.
Tantas aseveraciones y tantos secretos a media voz avivaron los nervios de las mujeres que se irguieron de golpe. Invito yo esta vez. Con una condición. ¿Cuál?. Que vayamos a tomarnos algo. De acuerdo, ¿no tienes planes mañana?. Por la mañana no. Vamos a enloquecer, que somos demasiado recatados. Ser, soy, somos... te propongo salir para dejar de ser una noche, ¿hace?. Hace, aunque voy algo desaliñada. No temas, llevo cuatro cositas de maquillaje por ahí. Me, me apetece ligar. ¿Y que le den morcilla a Carlos?. Exacto. Liguemos pues.
Durante toda la charla habían pagado, calado los abrigos y, por supuesto, encendido cada una un cigarrillo. La noche, que tan larga podría haber sido, se auspiciaba corta como un relámpago.

viernes 26 de septiembre de 2008

II

Medea sacó un pañuelo del bolso y se sonó la nariz. Otra tarde fatigosa que afrentar, otro devenir de palabras, sentidos e historia que invadiría su cabeza en breves, asaltando la fortaleza del entendimiento, redimiendo la memoria, acuchillando los recuerdos. Bueno, ya veremos qué tal hoy. ¡Medea!. Eh, hola, ¿cómo va?. Bien, con algo de sueño. Pues ya somos dos. ¿Qué te pasa?. Nada nada, que arrastro cansancio por las venas, como siempre. Ya...¿entendiste lo del otro día?. Sí. ¿Me lo explicarías luego?. Bueno, pero no te aseguro estar al cien por cien. Da igual, es que no pillé nada. Yo ando acatarrada, ya se sabe, estos días plomizos como cuervos en paro hacen su mella. Tú dirás.
No es que hubiera un frío intenso, mucho menos un calor bochornoso, sino simplemente parecía una tarde de esas en que todo está pintado con acuarelas diluidas en tiempo, como si la fractalidad propia de la realidad hubiera olvidado sus esquinas, sus aristas cortadoras de piel, sus armas creadoras de heridas; como si, en vez de un día, fuera una vida completa, absolutamente apesadumbrada. Los contornos se hicieron reflejo y curva, tan curvados como auténticos, propinando una atmósfera tediosa, desbordante de sentires y mancada de autenticidad.
Medea levantó la vista hacia el techo. Qué chico tan majo, a ver si vuelvo a coincidir con él, y también atractivo, tiene un noséqué, quizá las manos tan nudosas e impropias a su edad, quizá la negación de la alegría; de qué está hablando, bien, vamos a atender, que esto de tener el cerebro anclado en las nubes provoca una inestabilidad bastante ingrata.
A su lado, Cristina dibujaba círculos concéntricos perdida en el trazo, absolutamente hundida en el azul. Mientras la hora discurría parsimoniosamente sobrevolando cada cráneo cansado y todas las ideas por surgir. Cristina dibujaba. Medea se obnubilaba en su eterna tempestad de sentimientos y conceptos, la contradicción hecha sinapsis neuronal entró por su oído izquierdo, serpenteó un trayecto entre las células cognitivas y salió por los ojos, como siempre, disparada cual flecha hacia la pared frontal en donde estalló igual que una bomba mal calibrada. Estoy muerta, Cris. Ya se te ve, menudo peñazo. Tú dirás, no lo soporto. ¿Vamos a tomar algo, luego?. De acuerdo, ¿seguro que va todo bien? Pues no, me he discutido con Carlos. Vale, en cuanto salgamos de este infierno dialéctico, nos arrullamos en algún bar con taburetes y te invito a un par de cañas, ¿hace?. Muchas gracias, eres un sol. No, tan sólo intento iluminar la abulia de vez en cuando.
No terminó cuando debía, sino que pasaron muchos minutos con la fatigosa carga de sesenta segundos cada uno, igual que hormigas transportando migas de pan. Pero, finalmente, las manecillas del reloj llegaron a donde debían. Cristina recogió sus cachivaches y salió a la cueva nocturna para encenderse un cigarro, Medea tardaría, ella tenía la extraña facultad de esparcirse por doquier, sobre cualquién rincón empolvado o entre maderos añejos, por lo tanto, tocaba esperar. Finalmente surgió de entre la luz adentrándose en la oscuridad otoñal.
¿Vamos?. Sí.

miércoles 24 de septiembre de 2008

I

Ella fingía no fingir, igual que solía resurgir, fénix dorada, de sus cenizas segundo tras segundo; y luego volaba más allá de las colinas indómitas de su ser, más allá de la cerca mellada que le restringía la existencia. Ella amaba con encanto y encantaba al mismo amor con un susurro dulciagrio repleto de dudas y pasiones.
En su sino cabía la locura y la capacidad más que probada del razonamiento al límite de lo abstracto. Bajo su tórax, dormitando entre latidos y ahogos, sobrevivía un precipicio de mármol, opaco como un relato de terror. Acostumbrada a él, prácticamente ni lo sentía, lo cual es decir demasiado. Como pluma de colchón usaba alter ego y se reafirmaba (siempre dudando, qué duda cabe) en sí misma. Se enmimismaba por competo a la par que abría las alas para volar, alzarse y suspirar desde el pico de alguna nube.

Él topó con ella una tarde plomiza, de gotas ausentes y niños como charcos, él la encontró a ella o ella a él, nunca podremos llegar a saberlo; en definitiva: se encontraron, él le preguntó por algún rincón recóndito colmado de sillas y sueños. Ve hasta la vitrina, luego giras a la izquierda, ante la máquina de café, no tiene pérdida. Muchas gracias. De nada, oye, voy contigo, que tengo que ir al lado. De acuerdo. Anduvieron un trecho y se miraron, justo entonces. Tiene que ser mía. Él lo supo. Y no fue necesario preguntarse los motivos. Sabía que era su cabello, algo revuelto, completamente vivo, espirando vitalidad desde las raíces. Supo que eran sus ojos inquietos y escudriñadores, ojos libres. Menudo día más asqueroso. Sí, esta llovizna es de catarro. Sin duda alguna, pero no se está tan mal. Hay quien ve siempre la botella medio llena. Resignación alegre, muchacho, esa es la clave. Ajá. Pero no se lo digas a nadie. No lo haré. Y no lo hizo. El lugar de destino había llegado hasta sus suelas volando, como sobre una cinta de aire, tocaba despedirse, pero la magia innata de ella era como un imán para el cerebro, también para el sexo. Fulgor acuático, igual que las moneditas invisibles del mar; estallido marino y afluentes, muchos afluentes. Bueno, te presento la máquina de café. Un placer. Y aquí es donde debes morar un ratito. Muchas gracias, ¿tu nombre es?. Medea. Hermoso...yo soy Alejandro. Curioso, ¿Alejandro y no Álex?. Exactamente. Pues otro placer, Alejandro, voy tirando, que no llego. Hasta más ver. Medea se fue oscilando entre las baldosas y el día se iluminó de pureza y paz. La hechicera empezaba a repartir por doquier sus encantos de sirena arbórea. Alejandro entró, descoyuntado hasta el tuétano, soñando en laureles húmedos de rocío y perros volando dentro del agua. Y todo fue magia.